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miércoles, 11 de octubre de 2017

La gran estrategia

Por Miguel Ángel Gómez Polanco


“El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si está cerca del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está lejos, aparentar que se está cerca”

-Sun Tzu

Panorama ajeno a la normalidad de la utópica democracia mexicana, es el que comienza a presentar de cara a 2018. Y no sé si eso sea bueno o malo, la verdad.
            La falsa insurgencia de los ideales, las rupturas por un lado y las uniones por otro, la necesidad de perpetuarse en el poder y, al final, los gritos en silencio de una sociedad aletargada y confundida, son el sello que caracteriza a la “fiesta grande” del año que viene.
            Bien decía el padre de la estrategia de guerra, Sun Tzu, cuando refería que la victoria, en gran parte, lleva consigo dosis de engaño, de crisis, de juego, y a veces hasta de carisma; ese carisma que, en un país como el nuestro, vengativo y que prefiere la burla que el raciocinio, se convierte en un activo preferencial que sobresale por encima de las capacidades reales que tiene tal o cual persona para gobernar un país de alta complejidad en lo general, fomentando un “simpático caudillismo” en lugar de apostar a consolidar una verdadera revolución progresista.
            Pero ¿y si todo esto estuviera planeado? ¿y si todos fuéramos parte de una gran estrategia para “ceder” ante el drama y la teatralidad de cambio, mediante inusuales formas de hacer política y pactos indecibles para relanzar, por ejemplo, un populismo “mejorado” como el que practicaron personajes como Plutarco Elías Calles y hasta Lázaro Cárdenas?
Y es que cuando existe una combinación entre crisis y reformas de corte estructural que tienen como cometido debilitar a los partidos de masa, la partidocracia inicia un declive con miras al fortalecimiento del populismo. Eso es indudable.
            Y por increíble que parezca, al interior del partido que encabeza el régimen actual en México, pareciera que sabían de la crisis que vivirían posterior a su retorno en 2012, por lo que decidieron “no irse solos” creando placebos de unidad, como el “Pacto por México”,  para generar reformas que, sin duda, debilitaron a las fuerzas políticas que lo integraron, destacando la izquierda como principal perjudicada de este efecto.
            Pero lo anterior tiene consecuencias todavía más graves si no se toman las consideraciones necesarias, pues tal como lo definen Carlos de la Torre y Enrique Peruzzotti en el libro “El retorno del pueblo: Populismo y nuevas democracias en América Latina”, esta crisis partidocrática (provocada) favorece la aparición o fortalecimiento de figuras populistas o “outsiders”, o sea, entes que aparentemente no forman parte del sistema hegemónico y cimientan su discurso, principalmente, en el ataque al mismo. ¿Le suena conocido?
            Lo preocupante del asunto para México, es que este proceso no es precisamente parte de un ciclo democrático en busca de una verdadera representación política y mucho menos ciudadana. Sin embargo, esa es la idea que se “vende” más, la que más “pega”.
            Y le puedo casi garantizar, amiga y amigo lector, que el inédito brote de aspiraciones a candidaturas independientes, mucho tiene que ver también con ello.
            Hasta el 10 de octubre de los corrientes, van 36 aspirantes a candidatas y candidatos que buscarían la presidencia por la vía independiente. Pero ¿qué relación tienen éstos, además de ser una aparente consecuencia del fenómeno de fractura partidista descrito líneas arriba?
            Pues ahí le va: ante la falta de representación sectorial en México, los polos opuestos se han tenido que ver en la necesidad de atraerse, pero sin reflectores. Eso explica que el surgimiento de candidaturas independientes pudiera ser el resultado de negociaciones entre estos polos, con el afán de dividir el voto, terciar la elección y centrar la victoria en el voto duro o adquirido, pero no en un legítimo propósito de cambio.  Un “divide y vencerás” a gran escala, para acabar pronto, liderado por fuerzas políticas disque opuestas. Igual por eso aquello de “si te arrepientes, te acepto” que practican algunos.
            Y para alcanzar este cometido, se deben definir “perfiles” específicos que confundan la intención de voto y se muestren aparentemente incluyentes, pero en realidad sea parte del telón en un teatro para fragmentar, dividir ¡pulverizar el voto!
“¡Una candidata de extracción indígena, claro, es uno de los sectores más fuertes!”, “¡una desertora sin posibilidades, pero icónica para el único partido que ha logrado la alternancia en los últimos 17 años, qué buena idea!”, “¡el primer gobernador independiente, que “busque” ahora ser el primer presidente independiente!”
            Y así, dar forma a la gran estrategia del engaño: diseñar un “independiente” para cada “dependencia” de la gente, que tercie la elección y evite que se polaricen los votos y las expresiones, debilitando a los bloques que buscan unificar esfuerzos con una meta común, un bien común.


SUI GENERIS

Una elección presidencial terciada con "independientes-dependientes" en una partidocracia lacerada pero vigente como la mexicana, solo beneficia a los promotores de la división y no le conviene al país. Que no nos engañen.
Lo que urge, sí, es ciudadanizar la democracia en México. Urge que se alcance una mayor y más real representación. Urge el parlamentarismo y, de una vez por todas, olvidarnos del centralismo del poder en el presidencialismo de una sola persona.
La sumisión, mesianismo y devoción de la cultura mexicana, nos mantienen al borde de caer en dictaduras… todavía. Y ni la “independencia” de aspirantes, ni la “mafia del poder”, pero mucho menos la demagogia antisistema de quienes ofrecen indulgencia política a cambio de inclusión, tienen la solución, si no es el pueblo el que razona en esto.


Aguas.



lunes, 10 de agosto de 2015

Fidel Castro: profeta que México anhelaría tener

Conmemorando a Fidel Castro Ruz,
nacido 13 de agosto de 1926

Corría el año de 1973. La Guerra Fría continuaba su sinuoso proceder en el mundo entero, con países involucrados de manera casi desprotegida pero activa, mientras en algunos como México, transcurría otro tipo de conflictos que, distinguidos por la secrecía y elegante represión, algunas esferas del poder y prensa “seleccionada” conocieron como “Guerra Sucia”.
            La “Guerra Sucia” mexicana consistía en la realización de acciones por bloque, para la contención de movimientos insurgentes en el país, teniendo al Gobierno Federal a cargo de Luis Echeverría Álvarez como su principal promotor, aunque el verdadero gestor de las estrategias fue el conocido –y temido- Capitán Fernando Gutiérrez Barrios, principalmente durante su estancia en la Dirección Federal de Seguridad, hasta 1970 (oficialmente).
            Dicha contrainsurgencia tenía como finalidad principal “mantener el orden” en tiempos de agitación mundial, buscando garantizar condiciones para que nuestro país fungiera como un mediador conveniente en medio de la trifulca silenciosa de la Guerra Fría.
            Lo malo es que esta serie de acciones, también sumaron, como dicen por ahí: “otra raya más al tigre” del partido hegemónico –y “democráticamente” único- que durante más de 70 años gobernó México y que en la actualidad, ostenta el regreso más fatídico del que se tenga memoria histórica.
            No obstante, estimada y estimado lector, lo destacable del presente panfleto, definitivamente no es aquel acontecimiento anti-guerrilla que distinguió a nuestra nación –y sigue distinguiendo, infortunadamente, por ejemplo, mediante la censura y el asesinato de la verdad por todos conocido-.
Pero lo verdaderamente curioso es lo que aquellos acontecimientos hicieron derivar en ciertas relaciones diplomáticas que hoy ocupan un sesgo trascendental en la atención sociopolítica del planeta, como el estatus de la isla caribeña, Cuba en nuestros días. Ahí le va el por qué.
            Resulta que tras la Revolución Cubana que acabó con el régimen de Fulgencio Batista en 1959, los próceres de la independencia cubana –salvo José Martí, de quien sus ideales modernistas fueron gradualmente convertidos en una amalgama militar de la Revolución liderada por Ernesto Guevara y Fidel Castro-, resultó muy necesario para los caribeños establecer relaciones que contribuyeran con el sostenimiento de la Isla, en su período de reestructuración independiente.
            Una de estas convenientes relaciones fue precisamente con México, pues ante la coyuntura represiva impulsada por el gobierno del país, la representación revolucionaria de Cuba resultaba “incómoda” para un posible surgimiento insurgente en la Nación mexicana, y que justamente se estaba intentando contener a través del exterminio de los “emuladores” cubanos y de izquierda.
            ¿La condición?: México apoyaría a Cuba, siempre y cuando la Isla se mantuviera al margen de las acciones emprendidas en nuestro país, con el objeto de evitar inspiraciones como las de Bolivia, Chile, Colombia y Paraguay, principalmente, que complicaran el mencionado exterminio y sin importar que en 1956, el mismísimo “Che” y los hermanos Castro, hubieran sido apresados en México durante la planeación inicial de la Revolución Cubana.
A cambio, México apoyaría la permanencia de Cuba en la OEA y enviaría comida y medicinas a la Isla, para “soportar” los remanentes de la Guerra Fría.
Es decir: la incongruencia y la doble moral en el modus operandi del partido “tricolor”, desde hace décadas, prevalece; por un lado reprimiendo insurgencias en territorio propio y por otro, apoyando países históricamente insurgentes.
Y es aquí donde encuentra su título la presente “Vía Crítica”, pues resulta que personajes con notable habilidad progresista como Fidel Casto; quien en todo momento sobrepuso los intereses de su país, aun cuando el potencial revolucionario en México pudo significar la extensión de su presencia en América Latina; evitó el hecho y, además, se dio el lujo incluso de “predecir” lo que pasaría con la Isla posteriormente, de acuerdo con los cálculos diplomáticos que desde la década de los setenta, vivió como precursor de la independencia cubana.
"Estados Unidos dialogará con nosotros (Cuba) cuando tenga un presidente negro y haya en el mundo un papa latinoamericano", respondió Castro en 1973 al periodista ingles Bryan Davis, cuando éste preguntó sobre la posibilidad de reestablecer las relaciones entre Cuba y Estados Unidos; esto, de acuerdo con un texto recientemente publicado por el escritor y periodista argentino Pedro Jorge Solans, cuya versión no ha sido desmentida oficialmente por el propio Castro ni el Gobierno de Cuba, aunque también existan las versiones de que se trataba de una “broma”.
Independientemente de la veracidad, lo anterior habría ocurrido –según Solons- durante los tiempos de mayor tensión para los caribeños… y cuando en México estábamos igual que ahora: con pronósticos que, más bien, se han vuelto insufribles monotonías que dan sentido a un retroceso en todos los aspectos.
Y es que ¿quién se atrevería a “profetizar” acá, como Fidel, en una tierra donde la represión  ha aumentado las cifras de desapariciones, muertes, inestabilidad económica y falta de oportunidades, en todos los rubros?
¿Quién podría “predecir” un avance en el país donde contamos con múltiples “Mesías”, principados demagógicos y deseperanza social, reflejada en “revoluciones de escritorio” auspiciadas por las redes sociales: tan efectivas como simuladoras en los ánimos de cambio?
Y es que, aunque el efecto de apertura cubano se podría atribuir a la “condescendencia” política de Estados Unidos, la realidad es que el estratega llamado Fidel supo qué pasaría, por qué y cuándo, sin importar el tiempo que se llevaría para obtenerlo.
Y en México, estimada y estimado lector ¿quién se atreve a por lo menos suponer cuál es la vía de escape a la cada vez más degradada situación que vivimos como Nación?

Que la “paciencia cubana” nos sirva de consuelo, mientras aseguramos que en México, definitivamente –y hasta de broma- nos encantaría tener un profeta como Fidel Castro Ruz: festejado del mes, con 89 años cumplidos este 13 de agosto.



Twitter: @MA_GomezPolanco

lunes, 6 de abril de 2015

Cuidado con los agentes del caos electoral

Miguel Ángel Gómez Polanco

Llegó la hora cuchi-cuchi, como dijera Beto “El Boticario”. Aquella época en la que el significado de “guerra” se convierte en la más espectacular y versátil herramienta de persuasión. Esa temporada en la que sales a orear tus ideas en alguna plaza pública, pero regresas a tu hogar como “turista electoral”, con propaganda política hasta en los calzones.  Así es: iniciaron las insufribles campañas.
            Atrás quedaron los Morris, los 132 y los peligros para México. Si acaso, permanece en la confundida molestia colectiva aquello que con abolengo han llamado “el caso Aristegui”, lo cual no es más que un acontecimiento diseñado para “alborotar el gallinero” (y que ha logrado con éxito, por cierto).
No obstante, la más reciente reforma en materia político-electoral está en marcha, y con ella, la ciudadanización de la democracia está más cerca (o por lo menos eso se espera).
            Pero a pesar de esto -y para nuestra desgracia- lo que prevalece es el desconocimiento y el desinterés en algunos de los temas de la agenda nacional que, en estos momentos, juegan un papel determinante para alcanzar aterrizar la conciencia de voto que tanto le urge al país.
            En este contexto, uno de los factores más afectados es el ejercicio mismo del voto. ¿Votar o no votar? Es la pregunta que una cantidad considerable de connacionales se preguntan; con miedo y hasta con dejos de mala leche en quienes más o menos saben lo que significa la duda por sí sola.
            Como ejemplo de lo anterior, está una información que a menos de 24 horas de iniciadas las campañas electorales, ha comenzado a regarse como pólvora, con la evidente finalidad de agravar la irresponsabilidad cívica de las votaciones.
            Varios medios de comunicación han circulado una tormentosa noticia: si no votas o promueves el abstencionismo, te irás al bote o mínimo tendrás que pagar una multa por ello, de acuerdo –según ellos- en el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales.
            Ahora bien y como siempre: el presente panfleto, en su incesable búsqueda de representar un elemento útil y menos alarmista de y para la información; expone lo siguiente para su consideración y en relación a dicha “noticia” que ya le ha provocado varios sustos a la sociedad.
            El Artículo 7 del Capítulo II de la Ley General en Materia de Delitos Electorales (vigente al 26 de marzo de 2015), dice:

Se impondrán de cincuenta a cien días multa y prisión de seis meses a tres años, a quien:


III. Haga proselitismo o presione objetivamente a los electores el día de la jornada electoral en el interior de las casillas o en el lugar en que se encuentren formados los votantes, con el fin de orientar el sentido de su voto o para que se abstenga de emitirlo

Asimismo, el numeral VII del mismo Artículo, especifica:

(A quien) solicite votos por paga, promesa de dinero u otra contraprestacion, o bien mediante violencia o amenaza, presione a otro a asistir a eventos proselitistas, o a votar o abstenerse de votar por un candidato, partido político o coalición, durante la campaña electoral, el día de la jornada electoral o en los tres días previos a la misma.


De igual forma, se sancionará a quien amenace con suspender los beneficios de programas sociales, ya sea por no participar en eventos proselitistas, o bien, para la emisión del sufragio en favor de un candidato, partido político o coalición; o a la abstención del ejercicio del derecho de voto o al compromiso de no votar a favor de un candidato, partido político o coalición.

Como se puede apreciar, el documento precisa (y por si las dudas, en esta ocasión quien suscribe lo ha subrayado para que no queden dudas), que las sanciones –ya sea cárcel o multa- se aplicarán a quien coaccione el voto o la anulación de éste el día de la jornada electoral o tres días antes, no antes y menos, después, mientras que en el apartado de los programas sociales, la negación de éstos utilizando la abstención del voto o el sufragio a favor de algún candidato o partido político, queda reservado para el desarrollo de las campañas o el día de la jornada, pero solo tratándose de coacción.
            ¿Qué refiere lo anterior? Ahí le va, para que ya le baje a los bolillos para el susto: la libertad de expresión no se coarta con  la nueva Ley Electoral, pues únicamente el condicionamiento de medios públicos (como los programas sociales) son motivos de sanción, lo cual queda –además- especificado en los artículos subsecuentes (8, 9, 11 y 20) donde se acentúa que durante la fase de campañas, únicamente los servidores públicos o funcionarios electorales que coaccionen el voto o la abstención, serán castigados.
            La reflexión, sin embargo, es: ¿en realidad es conveniente no votar? ¿Esto, independientemente de que haya personajes tan representativos como Javier Sicilia que promuevan la anulación del voto?
            Si se lo dejamos a la matemática básica, la explicación sería más o menos la siguiente: si tenemos seis votantes, de los cuales tres sufragan por un mismo partido y dos por otro, queda uno que sería el decisivo. Si éste es anulado ¿quién gana, entonces?
Por tanto, echémosle tantito coco si es que de verdad “estamos hartos”, sugiero. 
Si no, quizás al igual que quien difunde información falsa (sobre todo por internet) como la de las sanciones por promover la abstención; nos convertiremos en simples agentes del caos electoral que terminarán igual de empinados que quien sí votó ¿o no?
           


SUI GENERIS

Hay que tomarle la palabra al presidente Peña. Dice que en México, 47.4 millones de personas tienen acceso a internet. Es decir: que durante su gestión, el porcentaje de internautas ha aumentado de 21 a 40 por ciento la cantidad de usuarios (y vaya que debemos agradecerle el hecho, pues sus “chistes” no es tan fácil encontrarlos en los medios de comunicación tradicionales).
            Pero ¡cuidado! Porque la internet tampoco garantiza veracidad en lo que se ve y menos aún asegura que habrá de esa prostituida “objetividad” que por inercia buscamos en los contenidos que circulan en la también conocida como “supercarretera de la información”. Eso ya lo deberíamos saber.
            Y es que aterrizando lo anterior en nuestra entidad, Veracruz está, junto con Zacatecas, Chihuahua, Michoacán y Nayarit, en el Grupo II de mayor incidencia en abstención, según el Instituto Nacional Electoral, por lo que es de esperarse que, dada la coyuntura socio-política del país, estas elecciones representen el momento ideal para la confusión por parte de los actores políticos y mediáticos que tienen como especial interés desestabilizar los comicios a través de información tergiversada a través internet; recurso que ha aumentado exponencialmente su presencia en la decisión de voto de las y los mexicanos, precisamente por la apertura por la que pasa su acceso.


POST-IT: Y a todo esto ¿qué de malo tiene si en un futuro no lejano se institucionaliza el voto obligatorio en México? Quizás representaría un acicate necesario para indagar más por quién estamos votando y no hacerlo a lo bruto (como bruto es no votar, también para después quejarse de que ganó “el o la peor”… sin que nosotros hiciéramos algo para evitarlo). ¿Qué no todo México quiere un presidente como el ex de Uruguay, José “Pepe” Mujica? (o por lo menos eso se dice en las redes sociales). Bueno, pues allá en el país sudamericano es constitucionalmente obligatorio el voto y el porcentaje de participación electoral en las últimas cuatro elecciones no ha variado en más del dos por ciento, en comparación con el siete por ciento oscilante de México ¡plop!



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miércoles, 23 de abril de 2014

Tan cerca de #EPNvsInternet y tan lejos de una Ley PLC 21/2014

Miguel Ángel Gómez Polanco

¡Qué días, revolucionarios! Se refuerza una inevitable comparación en América Latina entre quienes son, quizás, los dos países más poderosos de esta comunidad: Brasil y México; el primero, como la nación de mayor crecimiento en los últimos diez años, con la mayor bolsa de valores de la región y el sexto Producto Interno Bruto a nivel mundial. Vamos: no por nada le han acuñado “el país donde no hay nada más barato que invertir en los pobres” (por peyorativo que pareciera).
            Del otro lado está México; con un nivel de desarrollo especulatorio (sic), economía en desaceleración y conflictos -más que todo- sociales, así como invadido por el extranjerismo empresarial, cuyas ventajas sobre el país sudamericano son mínimas respecto a las que se tenían precisamente hace diez años.
            ¿Qué nos pasó? Es la pregunta. Para la grilla y la crítica de escritorio (muy de moda en estos tiempos), lo más sencillo sería culpar a los gobiernos panistas de ello. Y razones, cabe decir, las hay: ahí está el Coeficiente de Gini, que demuestra todavía que los índices de desigualdad en Brasil siguen siendo superiores que en México, pero con una gran diferencia que radica en los esfuerzos de los cariocas para disminuir la pobreza y no, digamos, “sopesarla nomás” como se hace en México, a manera de capital político.
            De lo anterior se desprenden las acciones que cada país ha emprendido al respecto. Brasil, con su Fome Zero (Hambre cero), en el que a través de programas para la educación, la agricultura, la nutrición y la creación de empleos en un marco de políticas coherentes entre gobierno y sociedad, se logró concretar uno de los programas de mayor influencia a nivel mundial en el combate a la pobreza (en todos los sentidos) y la desnutrición. El dato es que rescató a 14 millones de personas e insertando a 4 millones más a la clase media.
            Mientras, en México, tenemos la cuasi olvidada “Cruzada Nacional contra el Hambre”; un conglomerado de programas existentes –pero “reforzados”- lanzados a nivel estatal y federal con resultados dispersos; calificada por la organización México Evalúa como una oportunidad para el “mercadeo del voto” y esencialmente con potencial altamente populista. Sus resultados a poco más de un año no están en duda, pero sí su aprovechamiento a largo plazo, dada la “cultura de la despensa” que lleva en sus venas nuestro país.
            Y así, podríamos citar algunos ejemplos más. No obstante, lo que da título al presente panfleto –quizás malinchista- es el asunto que nos trae de cabeza a todos; legisladores, sociedad y cualquier colado que guste sumarse: la Internet, su regulación y censura.
            Sería desgastante criticar la conducta de las fracciones partidistas en la Cámara Alta, pues queda claro que los intereses puerilmente electorales han menoscabado sus intenciones respecto a la aprobación del dictamen final (y sin contar a un Javier Lozano completamente enloquecido).
Asimismo, la postura de una sociedad que ha encontrado –irónicamente- su única y “práctica” fuente de información en las redes sociales y cualquier tipo de material viral que en ellas se encuentre, sin explorar más allá, en su mayoría.
            Por ello y retomando el punto de la comparación, quisiera compartir con ustedes, amables lectora y lector, una muy breve explicación de lo que vendría siendo un nuevo “punto a favor” de Brasil contra México, esta vez, en materia de tecnologías de la información y regulación de la Internet.
            El pasado 22 de abril, el Senado brasileño probó el proyecto de Ley PLC 21/2014; mejor conocido como “Marco Civil de Internet” o “Constitución de la Internet”. Sí: así de gruesos.
            La promulgación de esta Ley consiste principalmente en garantizar la libertad de expresión y establecer una red abierta y descentralizada, que permita a los internautas (definidos como tal y no con el ambiguo término de “usuarios”) ser parte activa de una base democrática de las relaciones a través de Internet, dentro y fuera del país, con lo cual promuevan, entre sí mismos y el gobierno, “el respeto a los derechos humanos , la ciudadanía , la diversidad y la preservación del orden social la red”.
            Para acabar pronto: el Marco Civil de la Internet en Brasil, garantiza plenamente la libertad de expresión como uno de sus principios fundamentales.

SUI GENERIS
Pero lo más interesante es que la Ley PLC 21/2014 surge a raíz de las filtraciones sobre espionaje que hiciera Edward Snowden en el caso Wikileaks y en los que se vio involucrada la propia presidenta brasileña, Dilma Rousseff, al igual que mandatario mexicano, Enrique Peña Nieto (aunque éste, en menor medida).
            ¿Cuál fue la diferencia? Que al parecer, en México provocó una reacción al interior y no de forma global. Mientras Dilma promovió garantías de libertad de expresión para evitar acciones que se interpretaran como espionaje en su país y fuera de él; en México, la reglamentación secundaria de la Reforma de Telecomunicaciones parece estar dirigida a una supresión de la privacidad, con el pretexto de la seguridad nacional y que para nuestra desgracia, se ha entendido como “censura”, cuando ello es el resultado y no la causa.
Hay que decirlo y enfatizarlo: lo que se vive actualmente en México, está alejado de la “censura” como tal, pero no de la protección de datos; rubro que no ha “fluido” en las poderosas redes sociales con la misma importancia que echar pleito al presidente con su #EPNvsInternet.
Porque resulta que, mientras en Brasil se hizo efectiva la protección de la intimidad y los datos personales de los usuarios, restringiéndolos para su uso salvo previo permiso de los propietarios; en México, dichos datos servirían como parte del almacenamiento de información que permita al Estado localizar, indagar y proceder contra quien pudiera ser un “potencial” alterador del orden público.
¿Entonces? ¿Qué esperan los legisladores mexicanos para poner en práctica este criterio regulatorio o, en su defecto, apegarse a la jurisprudencia que sugieren tratados como el recién firmado Convenio de Budapest, en relación a la ciberdelincuencia? ¿Es tan complicado reconocer los avances legales en torno a la interpretación de conceptos que ya no deben ser centralizados por país?
Lastimosamente, México una vez más demuestra que su visión equina es hacia adentro y no hacia el mundo. Pero como siempre: usted tiene la última palabra y ojalá me esté equivocando, pues no se trata de "ser como Brasil"... pero sí de tomar lo mejor de ese y otros países, para el progreso mexicano ¿no cree?




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jueves, 3 de abril de 2014

Ser o no ser un criminal… ¿esa es la cuestión?

Miguel Ángel Gómez Polanco

El problema, como siempre, es de interpretación. Así se maneja la retórica política en México -principalmente-, pero a la sociedad nos encanta ver moros con tranchete y esconder algunas de nuestras banales frustraciones, haciéndonos los ofendidos.
Otro problema, también, son los intereses electorales de las fuerzas políticas, elemento donde radica el lenguaje que utilizan y cómo lo capta la gente. Ahora dicen, por ejemplo, que la nueva Ley del Deporte (antiviolencia en estadios) "no criminaliza al aficionado", esto, con tal de no ser víctimas de la opinión pública al sentirse "agredida" con algún adjetivo mal utilizado.
Pero, estimada y estimado lector, entonces ¿de qué otra manera se les puede llamar a esos seudo aficionados que provocan y ejercen la violencia en los estadios? ¿No son unos criminales?
Y es que, como dice Felipe Guerra: “En segundos, el aficionado, deformado en fanático, cambia drásticamente su estado de ánimo y su carácter: alegría, tristeza, impotencia, frustración, coraje; se va tornando agresivo y el cúmulo de reacciones adversas, e inclusive positivas, provocan la histeria estallando la violencia”, y eso no es producto precisamente de la intensidad con la que se vive un encuentro futbolero.
O sea, ¿todo es interés?, ¿de triunfar, de burlarse; adquirir un falso poder que neutraliza el sentir humano y muta para convertirse en una conducta instintiva? Porque de ser así, entonces el futbol y el deporte, en general, no son más que factores contextuales.
Vamos, en todas partes lo vivimos. ¿O qué, ya no se acuerdan nuestros legisladores de las grescas que protagonizan en recintos oficiales? No nos vamos lejos, por ejemplo: aquella del 18 de marzo pasado, cuando se aprobó la Ley de Pensiones, donde se dio luz verde al Seguro de Desempleo y la Pensión Universal (ambos, garantizados con remanentes de otras instancias, como el Fondo de Vivienda para los Trabajadores). Buenos guamazos los que se dieron ahí, sin balones, pero sí con las playeras de sus “equipos” más que puestas y muy pocas coincidencias.
Pero la violencia no es únicamente de trancazos, señoras y señores diputados, algo que seguramente desconoce su compañero y “digno” representante popular, Antonio García Cornejo, sí, aquel que se desprendió de su ropa en diciembre de 2013 para reclamar por la reforma energética, haciendo (según él) una alegoría de “cómo despojaría dicha modificación constitucional a los mexicanos”, respecto al petróleo.
¿No les digo? El problema es retórico.
El crimen y la violencia han adquirido un nuevo perfil en nuestro país: no es sólo la violencia lo que justifica al criminal, también lo es la actitud con la que se asumen las cosas… seas o no un golpeador profesional.
¿Acaso la corrupción no es un acto criminal? ¡Ah! Pero pareciera que este concepto culturalmente arraigado por todas y todos los mexicanos, sirve de redención a quienes representan al pueblo y los incitan a evadir realidades propias y de quienes los llevaron ese puesto, cuidando su “lenguaje” para no herir –irónicamente- susceptibilidades que se traduzcan en una menor cantidad de votos.
En todos lados “se cuecen habas”. Dirigentes acusados de encabezar redes de prostitución, expresidentes que abren la boca para cínicamente decirle al ciudadano lo mucho que sabía y lo más que se calló; legisladoras que “heridas” al nacer con un nombre que no les gustaba, se lo cambian para “sonar más bonito” en tribuna… Y así, el hecho es violentar la paz, pero sobre todo. el descuidado entendimiento de las y los mexicanos.

SUI GENERIS
Total que ni a cuál irle. Unos queriendo tapar el sol con un dedo, moderados y con un lenguaje insuficiente, en lugar de procurar no generalizar sus conceptos; como si los hubiera educado “El Tigre” Azcárraga con su “televisión para jodidos”. Mientras, otros ofendiéndonos y despepitando hasta por lo que no comemos, porque “el Gobierno tiene la culpa” y teniendo como máximas referencias de análisis herramientas como… ¿las redes sociales? ¡Válgame!
            Prudencia. Ése debería ser nuestro “problema”: excedernos en la prudencia. Ser o no ser un criminal está en cada quién, no en lo que diga una Ley. Lo de los estadios y la afición no se arregla con “leyes” que entamben a los rijosos, sino con la generación de un ambiente que propicie la sana convivencia, que depende de todas y todos. Pero ¿quién se avienta este paquete?

¿O ya tampoco nos acordamos que cierta “guerra” en México no era tal y nos convirtió en histéricos pasivos?

            Prudencia, y quizás coincidencias, es lo que necesitamos.





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miércoles, 16 de octubre de 2013

Los “Tri-quis” y la vergüenza aplaudida

Miguel Ángel Gómez Polanco

Si existe un ejemplo claro del sometimiento, desintegración y opresión contra uno de los perfiles culturales históricos más significativos del país, su sinónimo es la comunidad Triqui: pueblo que lleva tatuada la rebelión, democracia y autonomía en su haber, con una alta extensión que ha cruzado fronteras, al grado de representar casi el once por ciento (10.9) de la presencia jornalera en los Estados Unidos de América, donde son representados por agrupaciones como la Organización del Pueblo Triqui, el Frente de Lucha Triqui, el Frente de Lucha Triqui y otros.
            Desde la conquista española, hasta los intentos actuales por derruir la organización alcanzada a través de los años; los triquis han encontrado en su régimen asimilado -“a la fuerza”- al Estado Mexicano, una forma de defenderse y fomentar diversas acciones para el desarrollo indígena, desde cuatro de los cinco centros de concentración político-administrativa y religiosa, ubicados en Oaxaca (San Andrés Chicahuaxtla, San Martín Itunyoso y Santo Domingo del Estado) y donde sin duda, destaca el municipio autónomo creado en 2007, San Juan Copala; resultado de la exigencia pacífica para el respeto de los pueblos indígenas.
            La cuestión es que, desde luego, quien suscribe autor de este panfleto no es experto ni conoce a profundidad lo anteriormente descrito, aunque he decidido dar este antecedente para dedicar las siguientes líneas a la paradoja del éxito que sin duda demuestra lo que les contaré.
            Resulta que un grupo de niños triqui con un máximo de edad de 12 años, pertenecientes a la Academia de Baloncesto Indígena de México (ABIM), producto de una tradición impulsada desde mediados de los años noventa para jugar al basquetbol; gustosos -y acostumbrados- a jugar descalzos, disciplinados y con experiencia internacional, acumulada; asistieron al Festival Mundial de Mini-Baloncesto realizado en Argentina.
Ahí, acrecentaron su historia: los dirigidos por Sergio Zúñiga –quien a su vez es el titular de la ABIM- derrotaron a varios conjuntos pamperos.
Se despacharon a la Universidad de Córdoba y a Central Argentina. Se dieron tiempo de jugar también al futbol y con marcador de 3 a 1, vencieron al equipo “Gorriones”. Regresaron al balón-mano y ganaron al “Hindú”, “Monteéis” y “Regatas”, para finalmente coronarse en el certamen.
¿Sintió bonito o es de quienes se sienten defraudados por la patria después de ver a la Selección Nacional de Futbol al borde de la “tragedia” de no clasificar para el Mundial de la categoría en Brasil, el próximo año?
Antes de que me responda la pregunta, déjeme le cuento que en el Congreso de la Unión, los sentimientos fueron encontrados, pues a petición del priista Gerardo Francisco Liceaga, se dedicó un minuto de aplausos a los niños campeones, aunque de inmediato, la fracción perredista repeló que “se necesitan más apoyos para fomentar el deporte en la niñez” y el asunto se convirtió –como casi todo en este país- en un asunto político.
            No obstante, es entendible que sólo haya un “aplauso” por parte de los legisladores. Ya sea por desconocimiento del grado de organización que posee el pueblo triqui o quizás por no poder reconocer los logros de un sesgo cultural que se ha defendido y resistido a todo intento de “alineamiento oficial”.

SUI GENERIS

Total que, para quienes no creen que México está en crisis, sugiero voltear a ver el estatus de la educación y el fútbol: dos pilares ineludibles de la cultura mexicana; el primero, con unos mercenarios que se dicen "maestros" (CNTE), haciendo todo por extender su poder y no su vocación, con una horda de falsa feligresía ("neo-revolucionarios" y "luchadores sociales") detrás de ellos, mientras que el segundo, con su "selección" a punto de no ir a un mundial y con el equipo más representativo del país, con puros mexicanos (Chivas) acercándose a la debacle de la Liga de Ascenso; ambos últimos, gracias a las mediocres acciones y ambición de otros mexicanos que los controlan (Compeán, Decio y Vergara).
            Siendo así el tamaño de “vergüenza”, definitivamente el aplauso de San Lázaro a los niños triqui es motivo de verdadera celebración, aunque no para todos, eso es un hecho. De los ganadores del torneo FIBA Américas, ni qué decir tampoco, pues la razón es simple: el basquetbol carece de arraigo en nuestro país,
Sin embargo, hay una buena noticia para las y los aferrados del “Tri” (sin el “qui”): Justino Compeán y Decio de María tienen los días contados en sus puestos. Es casi obvio pensar que si no los saca el duopolio televisivo, hasta el presidente Enrique Peña Nieto lo podrá hacer, pues México sin su selección en el mundial y en plena coyuntura nacional, es como dijera la filósofa Gloria Trevi: una papa sin cátsup.

¿O cómo ven ustedes, amables lectoras y lectores?



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miércoles, 21 de agosto de 2013

#ReformaEnergéticaSí, pero...

Miguel Ángel Gómez Polanco

En aquella ocasión, desempleado, buscaba oportunidad casi en lo que fuera –y sí, “casi”; para no echar a perder la opción y, con ello, el negocio de quien me contratara, por no saber, como dicen, “a qué le tiraba” -. Un buen amigo me dijo: “manda tus papales a la dirección que te daré y te entrevistarán. Hay gente de Pemex contratando eventuales”. No se lo creía. y contesté, con espasmo: “Pero yo de la industria petrolera sé lo que algunos políticos de gobernar ¿no importa?” a lo que mi entrañable compañero –quien por cierto, ya trabaja ahí y es médico- me contestó: “no hay problema, no importa”.
            En ese momento confirmé mis incipientes sospechas: a Pemex le vale un carajo la profesionalización de sus empleados; sindicalizados o no.
            Fue entonces cuando me dediqué a perder el tiempo de manera más productiva e indagué los términos en que trabajan los “privilegiados”, como muchos los llaman, centrándome en el insufrible régimen que desde 1996 comenzó, cuando Carlos Romero Deschamps sustituyó a Sebastián Guzmán en la dirigencia del sindicato más corrupto y corruptible de México y que, junto con el SNTE y derivados, tienen a dos de los temas imperantes en el país al borde del colapso. Ahí le va por qué:
El Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana cuenta con poco más de 150 mil empleados, quienes a nivel gremial reciben la nada despreciable cifra de 65 mil dólares al día por conceptos de producción. Estos se suman a los jubilados y de confianza, para dar un total de 208 mil 162 personas.
            Además, dentro de su estructura destinan cerca de 136 millones de pesos para varias de sus “necesidades”, como “ayuda” para gastos por los festejos del Desfile del 1ero de Mayo y el Aniversario de la Expropiación Petrolera, así como costos de contratación, digamos, “exigidos”, por el Contrato Colectivo de Trabajo que a su vez, representa la absorción de aproximadamente el seis por ciento de los ingresos totales de Petróleos Mexicanos.
            Una vez aterrizada la idea, me permito mencionar que me negué rotundamente a trabajar en Pemex o siquiera mandar mis documentos; eso sí, agradeciendo a mi amigo por el ofrecimiento. La razón era sencilla: trabajando ahí ¿cómo reclamar el ultraje a una supuesta soberanía que de 1938 se ha visto prostituida por intereses muy particulares?
            La situación de una paraestatal que, como bien lo señala el rotativo inglés The Economist, “no es vista como una empresa con fines de lucro”, sino como un cochinito de ahorros sin fondo (sic), debe someterse a la revisión y consenso sociopolítico para determinar qué es lo que realmente le hace falta; aunque una cosa sí es segura: reformarla constitucionalmente, no tiene que ver con ello.
            Es impermisible que con el ventajoso estatus que guarda un sindicato a  todas luces chueco, con una presencia tumultuaria en el Consejo de Administración que decide qué hacer con Pemex y sus dineros; donde de 15 representantes, una tercera parte les pertenezca (sólo uno menos que la representación del Ejecutivo, que tiene seis, entre los secretarios de Hacienda, Economía, Energía y tres subsecretarios), siga existiendo un grado de opacidad obsceno que ya roza los niveles constitucionales al querer reformar los artículos 27 y 28, absolviéndolos y, como dijera la activista Rocío Nahle García, entrevistada por Ángel Ramos Trujillo: “para dejar como legal todo lo ilegal que hacen ahora”.
            Tatito sentido común para entender que una de las petroleras más grandes del mundo, cuyo valor supera los 460.5 millones de dólares; deba comenzar por reinventarse administrativamente y limitar a un sindicato que más que eficiencia, representa votos y desvíos de recurso como aquel del “Pemex-gate” en el año 2000, protagonizado precisamente por Romero Deschamps.
            Tantito sentido común para entender que el petróleo en México dejó de ser “soberano” hace mucho tiempo y que lo que se debe defender es la manera en que se administra, con o sin inversión privada, pero que de haberla, reformar la Carta Magna dista del cometido si no existe una debida distribución de los ingresos y candados que tendrían quienes le inyecten dinero a una paraestatal que está del mismo color que el crudo: negra, negra.


SUI GENERIS

Otros gremios como el del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana manifiestan su descontento con la iniciativa de Reforma Energética propuesta por el Ejecutivo Nacional, aduciendo errores en las políticas de gobierno en el entorno energético.
            En un mensaje dirigido al presidente Enrique Peña Nieto, desglosan una numerología importante, similar a la que presenta Pemex y que a continuación intentaré simplificar: del cien por ciento de subsidios que otorga la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, sólo aproximadamente el 40 por ciento es reintegrado a la Comisión Federal de Electricidad. De esto, se descuentan las pérdidas reportadas por el mismo ente, las cuales dejan una utilidad de la tercera parte para todo lo relacionado con infraestructura, capacitación y actividades de la Comisión.
            Si bien es cierto que este manejo también debe ser revisado, recordemos que es la Secretaría de Hacienda la que, como parte del Consejo de Administración de Pemex, retira casi el 50 por ciento de su ganancia, en lugar de elaborar esquemas de recaudación que colaboren con el fortalecimiento de la paraestatal y no desfalcarla junto con lo que se apropia el STPRM.
Es ahí donde toma sentido la propuesta de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, quien en las 12 líneas de acción que plantea, promueve la separación (que bien pudiera ser, incluso, por lo menos una limitación) de dicho sindicato y la SHCP del Consejo de Administración, con la finalidad de que sean ellos la pieza clave para administrar los recursos tributaria y laboralmente con mayor transparencia. ¿Alcanzará?




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