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miércoles, 11 de octubre de 2017

La gran estrategia

Por Miguel Ángel Gómez Polanco


“El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si está cerca del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está lejos, aparentar que se está cerca”

-Sun Tzu

Panorama ajeno a la normalidad de la utópica democracia mexicana, es el que comienza a presentar de cara a 2018. Y no sé si eso sea bueno o malo, la verdad.
            La falsa insurgencia de los ideales, las rupturas por un lado y las uniones por otro, la necesidad de perpetuarse en el poder y, al final, los gritos en silencio de una sociedad aletargada y confundida, son el sello que caracteriza a la “fiesta grande” del año que viene.
            Bien decía el padre de la estrategia de guerra, Sun Tzu, cuando refería que la victoria, en gran parte, lleva consigo dosis de engaño, de crisis, de juego, y a veces hasta de carisma; ese carisma que, en un país como el nuestro, vengativo y que prefiere la burla que el raciocinio, se convierte en un activo preferencial que sobresale por encima de las capacidades reales que tiene tal o cual persona para gobernar un país de alta complejidad en lo general, fomentando un “simpático caudillismo” en lugar de apostar a consolidar una verdadera revolución progresista.
            Pero ¿y si todo esto estuviera planeado? ¿y si todos fuéramos parte de una gran estrategia para “ceder” ante el drama y la teatralidad de cambio, mediante inusuales formas de hacer política y pactos indecibles para relanzar, por ejemplo, un populismo “mejorado” como el que practicaron personajes como Plutarco Elías Calles y hasta Lázaro Cárdenas?
Y es que cuando existe una combinación entre crisis y reformas de corte estructural que tienen como cometido debilitar a los partidos de masa, la partidocracia inicia un declive con miras al fortalecimiento del populismo. Eso es indudable.
            Y por increíble que parezca, al interior del partido que encabeza el régimen actual en México, pareciera que sabían de la crisis que vivirían posterior a su retorno en 2012, por lo que decidieron “no irse solos” creando placebos de unidad, como el “Pacto por México”,  para generar reformas que, sin duda, debilitaron a las fuerzas políticas que lo integraron, destacando la izquierda como principal perjudicada de este efecto.
            Pero lo anterior tiene consecuencias todavía más graves si no se toman las consideraciones necesarias, pues tal como lo definen Carlos de la Torre y Enrique Peruzzotti en el libro “El retorno del pueblo: Populismo y nuevas democracias en América Latina”, esta crisis partidocrática (provocada) favorece la aparición o fortalecimiento de figuras populistas o “outsiders”, o sea, entes que aparentemente no forman parte del sistema hegemónico y cimientan su discurso, principalmente, en el ataque al mismo. ¿Le suena conocido?
            Lo preocupante del asunto para México, es que este proceso no es precisamente parte de un ciclo democrático en busca de una verdadera representación política y mucho menos ciudadana. Sin embargo, esa es la idea que se “vende” más, la que más “pega”.
            Y le puedo casi garantizar, amiga y amigo lector, que el inédito brote de aspiraciones a candidaturas independientes, mucho tiene que ver también con ello.
            Hasta el 10 de octubre de los corrientes, van 36 aspirantes a candidatas y candidatos que buscarían la presidencia por la vía independiente. Pero ¿qué relación tienen éstos, además de ser una aparente consecuencia del fenómeno de fractura partidista descrito líneas arriba?
            Pues ahí le va: ante la falta de representación sectorial en México, los polos opuestos se han tenido que ver en la necesidad de atraerse, pero sin reflectores. Eso explica que el surgimiento de candidaturas independientes pudiera ser el resultado de negociaciones entre estos polos, con el afán de dividir el voto, terciar la elección y centrar la victoria en el voto duro o adquirido, pero no en un legítimo propósito de cambio.  Un “divide y vencerás” a gran escala, para acabar pronto, liderado por fuerzas políticas disque opuestas. Igual por eso aquello de “si te arrepientes, te acepto” que practican algunos.
            Y para alcanzar este cometido, se deben definir “perfiles” específicos que confundan la intención de voto y se muestren aparentemente incluyentes, pero en realidad sea parte del telón en un teatro para fragmentar, dividir ¡pulverizar el voto!
“¡Una candidata de extracción indígena, claro, es uno de los sectores más fuertes!”, “¡una desertora sin posibilidades, pero icónica para el único partido que ha logrado la alternancia en los últimos 17 años, qué buena idea!”, “¡el primer gobernador independiente, que “busque” ahora ser el primer presidente independiente!”
            Y así, dar forma a la gran estrategia del engaño: diseñar un “independiente” para cada “dependencia” de la gente, que tercie la elección y evite que se polaricen los votos y las expresiones, debilitando a los bloques que buscan unificar esfuerzos con una meta común, un bien común.


SUI GENERIS

Una elección presidencial terciada con "independientes-dependientes" en una partidocracia lacerada pero vigente como la mexicana, solo beneficia a los promotores de la división y no le conviene al país. Que no nos engañen.
Lo que urge, sí, es ciudadanizar la democracia en México. Urge que se alcance una mayor y más real representación. Urge el parlamentarismo y, de una vez por todas, olvidarnos del centralismo del poder en el presidencialismo de una sola persona.
La sumisión, mesianismo y devoción de la cultura mexicana, nos mantienen al borde de caer en dictaduras… todavía. Y ni la “independencia” de aspirantes, ni la “mafia del poder”, pero mucho menos la demagogia antisistema de quienes ofrecen indulgencia política a cambio de inclusión, tienen la solución, si no es el pueblo el que razona en esto.


Aguas.



miércoles, 28 de agosto de 2013

¿Fin del monopolio partidocrático?

Miguel Ángel Gómez Polanco

El 18 de julio del año 2012 sentó un importante precedente democrático en México, que si bien resulta engañoso por el limitado abanico de oportunidades que representa en la actualidad, pone a la sociedad mexicana en un plano de alternativa política que recientemente tuvo antecedentes cuya naturaleza aspiracional, podría  derivar en una organización nunca antes vista electoralmente: la Reforma Política era avalada por la Cámara de Diputados y entraría en período de revisión en el Senado.
            Un año más tarde y ya cocinada la elección presidencial en la que Enrique Peña Nieto y el PRI enfrentaron la dura conciencia colectiva, cada vez más madura y representativa en el entorno electoral; dicha revisión ha concluido en la aprobación de las candidaturas independientes por parte del Senado de la República, el pasado 22 de agosto, mediante la modificación del Artículo 116 de la Constitución Mexicana (transformando su inciso “E” y, con ello, la “exclusividad de registro” de los partidos políticos para con los candidatos en contienda) y de conformidad con lo expresado en otro de éstos, el 35, donde desde la Reforma Política del año 2011 se establecían las candidaturas independientes, pero no se especificaba el marco en que podían presentarse.
            Así pues, todo queda de la siguiente manera: (Las constituciones y las leyes de los estados en materia electoral garantizarán que) se fijen las bases y requisitos para que en las elecciones los ciudadanos soliciten su registro como candidatos para poder ser votados en forma independiente a todos los cargos de elección popular, en los términos del artículo 35 de esta Constitución.
            Sin embargo, este paso trascendental en la vida política de nuestro país, al parecer y como he mencionado, quizás se presente en un momento poco idóneo, debido a que la coyuntura estructural por la que trasiega la nación, va en otro orden de ideas acaparan el interés, consignas, acuerdos y desacuerdos.
Entre energéticas, educativas y hacendarias, las expresiones dan forma a un contexto todavía lejano del que, diría mi abuelo, “es el meollo del asunto”, si consideramos que el parte aguas de todo esto es precisamente la elección de quienes nos gobiernan.
            Como es sabido, próximamente habrá también cambios constitucionales en el tema electoral, cuya finalidad será -por lo menos en teoría- atar los cabos sueltos de un Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales mocho, con graves vicios (sobre todo en las directrices de fiscalización y transparencia por parte de las instituciones políticas que hasta la fecha siguen aprovechando para su beneficio) y, desde luego, la centralización de las funciones comiciales, eliminando a los órganos locales para crear el Instituto Nacional de Elecciones, conservando su autonomía.
La pregunta es: ¿realmente está preparada la sociedad para ejercer a plenitud su derecho de “votar y ser votado”? o ¿contará con los recursos necesarios, económicos y hasta emocionales (por aquello de la confianza), para lanzarse a “la guerra por el sufragio” y enfrentar los trucos, las estrategias sistemáticas y la tradición corruptible de los procesos por el poder, como una elección; ya sea local o federal?


SUI GENERIS

Seguramente el Candigato Morris, el Burro Chon y cuanto invento subversivo y de pedante insurgencia saltarán de la alegría con esta aprobación ¿y sabe qué? No sabe cuánto me preocupa.
La información de este tipo es manejada ya ni siquiera a conveniencia, sino con completa superficialidad mediática, incluso tratándose de modificaciones constitucionales que otorgan o maximizan los derechos con los que contamos con nuestra simple ciudadanía.
            La responsabilidad está en la sociedad para conocer los términos en los que reposa la calidad cuantitativa de una supresión aplicada al inciso “E” del Artículo 116 Constitucional y dejar de lado el aspecto cualitativo que desde el año 2011 existía pero no había sido explorado, pues a partir de ahora ya cuentan los nombres y las veces que sean votados. Ya no será sólo un “espacio en blanco” para apuntar por quién emitimos nuestro sufragio; podremos registrar a quien más nos convenga y apoyarla o apoyarlo.

            Un cambio de este tipo requiere de quien le pertenece; la ciudadanía, instituciones y quien lo regula. Llevará tiempo, por ello es de suma importancia saber más y dejar, de una vez por todas, la tradición latinoamericana del “no sé, no puedo” y convertirlo en un “ya sé y me cumples”, como dijeran por ahí, “con los pelos de la burra en la mano”.




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