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martes, 2 de enero de 2018

Los eufemismos del señor López

Por Miguel Ángel Gómez Polanco

En 2006, los autores Keith Allan y Kate Burridge, dentro de su libro “Palabras prohibidas: tabú y la censura del lenguaje”, definieron de manera muy certera lo que significan los eufemismos en la comunicación política utilizada en la actualidad.

Para dichos especialistas lingüísticos, los eufemismos “pretenden evitar que la imagen positiva del emisor (la o el candidato) se vea afectada negativamente”, de manera que dichas expresiones están destinadas, principalmente, a suavizar posibles conflictos que dañen la imagen pública de quien los utiliza y que sirven para matizar la verdad oculta en el trasfondo del discurso al que recurren en sus campañas.

Y es que las técnicas utilizadas hoy en día por la clase política para acaparar el interés del votante, han trascendido al grado de implementar estrategias de comunicación que garanticen una percepción favorable a sus intereses, sea cual sea el modo de lograrlo.

Desde la guerra sucia habitual, hasta tratamientos neurocientíficos que buscan modificar, incluso, las emociones de la población; la comunicación política actual ha evolucionado, de ser una herramienta, a convertirse en toda un arma electoral.

Caso de estudio en este rubro, ha sido la modalidad discursiva empleada hasta el momento por los precandidatos presidenciables de la contienda en ciernes para este 2018, en los que encontramos lo típico de la “vieja escuela” como la compra de publicidad periodística en primeras planas para insertar al candidato “abrazando a la gente”, así como de supuestos líderes de opinión que enfatizan el lado “humano” de los aspirantes, en el caso de José Antonio Meade Kuribeña, o bien, algunas otras ligeramente más efectivas como las de Ricardo Anaya Cortés, utilizando un elemento de vinculación universal como la música, como medio de sensibilización.

Sin embargo, la carrera presidencial aún se encuentra en una etapa prematura y las “armas” de los suspirantes todavía no se alcanzan a ver en todo su esplendor.

A pesar de lo anterior, lo que sucede con uno de los tres principales contendientes, es digno de analizarse. Las claves del discurso que habitualmente utiliza Andrés Manuel López Obrador, en apariencia son muy notorias.

La incitación del hartazgo, el respeto inequívoco a la figura pontificia que representa, entre otros factores, son algunas de las peculiaridades que distinguen a este personaje y que, con el único afán de ofrecer un punto de vista sobre cómo se entiende, de manera muy breve, el criterio utilizado en su estrategia de comunicación, abordaré en líneas siguientes.

Así pues, aclarando de antemano que lo expuesto en este texto solo expresa una posible interpretación y no una verdad manifiesta de las estrategias utilizadas por López Obrador, tenemos los siguientes pasajes:

El célebre tema de la amnistía a la delincuencia: alarmante afirmación que, incluso, provocó que hasta varios seguidores del señor López dejaran en claro su rechazo a esta “propuesta” redentorista.

Por ejemplo, Javier Morlett Macho, integrante del Movimiento por la Paz y la Justicia (encabezado por Javier Sicilia; otro que se aventó senda carta abierta contra la misma “iniciativa del tabasqueño) dejó de lado toda sutiliza eufemística y le respondió al señor López sin pudor alguno: “¡a la chingada con tu amnistía!”, pues de acuerdo con el activista y participante en el diseño del Plan Alternativo de Nación, “es fácil pedir amnistía a secuestradores y asesinos, cuando la víctima no es alguien de tu familia”.

Pero más allá de la locura que representa la expresión por sí misma, regresamos a lo que nos truje en este texto: la manera en que este personaje atenúa su discurso real.

¿Es acaso la dichosa “amnistía” una forma de suavizar un posible pacto entre el señor López y la delincuencia? ¿Fue acaso eso un llamado al crimen para sentarse a negociar, disfrazando de retórica mal aplicada con un “perdón” mesiánico? Si así fuere ¡vaya “pactito” que se quiere aventar don Andrés! Con ése, hasta la vacilada del Pacto por México impulsado por nuestro Lord actual, se quedaría corto.

Y en relación con esto último, una de las críticas más fuertes que lanzó el señor López contra las fuerzas de izquierda fue, precisamente, haber contribuido con la privatización de Pemex a través de la Reforma Energética (ninguneando que el partido que lo cobijó en dos de sus tres intentos presidenciales, el PRD, rechazó dicha Reforma con 95 votos en contra y cero a favor).

De ahí que su más reciente eufemismo preocupe todavía más: durante una gira por Yucatán, el señor López aseguró –mediante un video de Facebook- que “con el nuevo gobierno democrático, privatizar no será sinónimo de robar”. A ver, entonces ¿está diciendo que sí va a privatizar bienes del país, pero “de otra forma” que no implique “robar” como él lo entiende? ¡Me lleva!


SUI GENERIS

Y a la costumbre eufemística del venerado Señor López se agregan otros importantes aspectos asimilados a utopías, que han dotado a éste de un poder wannabe frente a una población mexicana sumamente dañada por las decisiones políticas de quienes actualmente ostentan el poder
en la Federación.

Entre el ofrecimiento de becas a “ninis” para mantener su inactividad a costa del erario público (consciente de que más del 30 por ciento del electorado para 2018 serán jóvenes y nuevos votantes) o la promesa de crear dos nuevas refinerías, en ambos casos, sin decir de dónde va a salir el dinero para ello; la estrategia de López Obrador pareciera que es ganar o ganar; satisfacer una meta  o propósito personal vendiendo, como coloquialmente se dice, “espejitos” cimentados en la ignominia.

Pero como todo lo dicho en este panfleto es una mera suposición, tendremos que esperar un poco más para corroborar.


POST-IT: A partir de aquí, se reciben con gusto los insultos habituales de la afición Morena (y no, no estoy siendo eufemístico).


viernes, 8 de diciembre de 2017

Hubris, mesías y elecciones, lo que nos depara 2018

Miguel Ángel Gómez Polanco

“Puedes observar cómo la divinidad fulmina con susrayos a los seres que sobresalen demasiado, sin permitir que se jacten de su condición...puedes observar también cómo siempre lanza sus dardos desde el cielo contra los mayores edificios y los árboles más altos, pues la divinidad tiende a abatir todo lo que descuella en demasía”

-Herodoto


En 2009, dentro del número 132 de la revista "Brain: Journal of Neurology", el académico del departamento de Psiquiatría y las Ciencias del Comportamiento en la Duke University (Estados Unidos), David Owen, hizo un análisis de varios dirigentes y líderes mundiales que no padecieron dolencias mentales pero desarrollaron un tipo de comportamiento que el mismo autor, junto al psiquiatra Jonathan Davidson, denominaron “Síndrome de Hubris”.

De acuerdo con los estudios que realizaron ambos, sustentados en gran medida por antecedentes empíricos y hasta clínicos de grandes personajes del estudio de la mente como Sigmund Freud, Jerrold Post e incluso del célebre historiador y periodista, Malcolm Gladwell; el artículo describe, con base en las anotaciones hechas a partir de la contemplación conductual de 100 de los más importantes mandatarios de la historia universal, un posible trastorno sicológico (sí, así se escribe ahora según la RAE) que, debido a sus características, se le denominó “la enfermedad del poder”.

Resulta que el “Síndrome de Hubris” (de la raíz griega “hibris”, entendido como “desmesura”) caracteriza a quien lo padece por una severa impetuosidad, así como por su aversión por las sugerencias o consejos, además de poseer una forma de incompetencia derivada de su impulsividad, dificultad para evaluar consecuencias de los propios actos e intolerancia a los errores, porque se creen “todopoderosos” e infalibles.

Según Owen y Davidson, este trastorno, aunque no está reconocido todavía como tal (por lo menos hasta Manual siquiátrico DSM-V) éste ha comenzado a utilizarse como terminología descriptiva para personas que presentan cierta sintomatología asociada con la obtención del “poder” relacionado con los Gobiernos, destacando detalles de personalidad como ver al mundo como un lugar de autoglorificación o manifestar un celo mesiánico, exaltado continuamente en su discurso.

Además, las y los individuos con “Hubris” muestran excesiva confianza en sí mismos, exhiben una fe inconmovible en que serán reivindicados y, de manera muy natural –ojo- recurren a acciones inquietantes, impulsivas e imprudentes que suelen ver como una razón propia que los demás deben asumir como una verdad absoluta.
            
        Sí, amable lectora y lector, estoy seguro que hasta aquí, a usted –como a mí- nos suenan muy conocidos estos síntomas, sobre todo, con el 2018 en ciernes.
            
      Y es que México, sobre todo en las dos últimas elecciones presidenciales (2006 y 2012) ha iniciado con la experimentación en ascenso de un culto a la personalidad y caudillismo inéditos, provocados en gran parte por el hartazgo social que ha encontrado, principalmente en las tecnologías de la información, una manera de despertar de su aletargada sumisión, pero con cantidades de adrenalina que a veces confunden el verdadero ideal de cambio, sustituyéndolo por un extraño conformismo representado en “hacer del menos pior, al ideáticamente mejor”.
           

SUI GENERIS

Las y los mexicanos deberíamos estar muy agradecidos con Owen y Davidson: por fin tenemos un término sustentado en la ciencia para calificar a quienes proponen “amnistías” con la delincuencia y después aparecen felices de la vida liberando tortuguitas en las costas de Oaxaca.

            También, el “Síndrome de Hubris” alcanzará, gracias a los mencionados especialistas, para describir a aquellos que, ya “dedeados”, inician con el dispendio a varios medios de comunicación para que éstos hablen bonito, qué digo bonito ¡hermoso y poético sobre ellos! coartando la libertad de expresión con tal de obtener uno o varios sesgos de opinión pública para que los votantes viejos, los nuevos y los intermedios no se acuerden de sus pasajes fraudulentos (como el Fobaproa).

Pero a estos personajes se les olvida que en la historia del que cree (y del que no, también), y tal como lo afirma Herodoto: la divinidad se encarga de poner todo en su lugar, cuando la desmesura y el exceso se vuelven el sello de quien busca el poder -ahora sí, dicho con certeza- de forma enfermiza, valiéndose del pueblo que los elige.


            Así que ya lo sabe: si usted conoce a algún paciente potencial de “Hubris”, de preferencia, no vote por él. No nos vayamos a convertir en súbditos de su trastorno.




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